Por Emiliano Reyes Espejo
ere.prensa@gmail.com
El haitiano Onguió Pión, nacido en Haití y radicado en la zona cañera, amaneció un día aterrado por el imprevisto rugido de “un helicóptero de Migración” que, según su alucinación, sobrevoló de manera repentina y estruendosa sobre su destartalada casucha, la cual había levantado en un platanal cercano a La Sombra. Juraba que era perseguido y que querían apresarlo para devolverlo a Haití.
—¡El helicopter, el helicopter, viene el helicopter! —vociferó Pión.
Empuñó su desgastado machete, que blandía desafiante hacia el cielo mientras corría entre los sembradíos.
—¡Vení, vení, queré apresarme a mí, coñe; yo dar machetace, coñe, vení, vení…!
Atravesó corriendo la glorieta del parque, vociferando desesperado. Gritaba mientras creía que era objeto de una terrible persecución migratoria.
—¡El helicopter! ¡El helicopter! —imploraba.
La última vez que le vieron fue atravesando el barrio Los Charquitos, rumbo a Monserrate y camino a los bateyes cañeros.
El huracán Georges
Los parroquianos miraron sorprendidos a Pión. ¿De qué helicóptero hablaba?
La ocasión en que helicópteros sobrevolaron la zona fue en septiembre de 1998, cuando el huracán Georges arrasó con fuerza el municipio de Tamayo. En esa oportunidad, la crecida del río Yaque del Sur inundó el pueblo con toneladas de lodo y escombros.
Los helicópteros, ocupados por funcionarios del gobierno de entonces, sobrevolaron las zonas afectadas y coordinaron un amplio plan de ayuda que contribuyó a que los pobladores de Tamayo y de otras comunidades afectadas superaran aquella dramática situación.
Las actividades productivas se rehabilitaron paulatinamente. Las plantaciones de plátano —Tamayo se autodenomina la Capital del Plátano de República Dominicana— se recuperaron, al igual que otros cultivos, el comercio, las calles y diversos servicios.
Pión, hijo de un bracero haitiano o “picador de caña”, nació en Haití. Llegó caminando a Tamayo siendo apenas un niño, atravesando montes, carreteras y caminos, según él mismo relataba. Muchos haitianos se asentaban entonces en los bateyes pertenecientes al Ingenio Barahona, hoy operado por el Consorcio Azucarero Central (CAC).
Tras la muerte de sus padres, cuando apenas tenía 14 años, permaneció en Tamayo realizando trabajos agrícolas. Fue acogido por Natalino Vólquez, quien prácticamente terminó de criarlo como a un hijo. Con el tiempo se convirtió en un hombre afable, trabajador y apreciado por los lugareños.
La mujer de Pión
Pión se mudó con sus compatriotas al nuevo Batey 15 o Callejón de la 15, donde se enamoró de una mujer con dos hijos pequeños, cuyo padre era desconocido.
Posteriormente, Danielito Rey, un dominicano residente en Puerto Rico, lo contrató para cuidar una pequeña parcela en el barrio La Sombra. Allí levantó una casucha y se instaló junto a su mujer y los niños, sin autorización del propietario.
Cuando Danielito regresó a Tamayo descubrió que, además de Pión, otro haitiano llamado Yosé Yuán también había construido una vivienda en el lugar junto a su familia.
Finalmente, Pión resolvió la situación con Danielito y Yosé decidió trasladarse nuevamente al Callejón de la 15.
La denuncia a Migración
Con el incremento de los operativos migratorios en la zona, Pión comenzó a sentir temor.
Aunque muchos lo consideraban prácticamente un dominicano más, empezó a decir que era un peligroso brujo vudú capaz de lanzar un “Guanguá” y convertir en perro a quien lo denunciara.
La mayoría escuchaba aquellas amenazas sin prestarles atención. Generalmente las pronunciaba cuando estaba bajo los efectos del alcohol o de otras sustancias.
Finalmente, durante un operativo, agentes de Migración llegaron hasta su casucha. Su mujer y los dos niños lograron escapar, pero él fue detenido y deportado a Haití.
Tiempo después regresó sin que se supiera cómo. Retomó su vida agrícola, aunque ya no era el mismo.
La pérdida de su familia y la traición que atribuía a un amigo lo transformaron en un hombre amargado, aislado y sin rumbo.
Puntos de venta
Desde entonces comenzó a consumir bebidas alcohólicas y, según comentaban en la comunidad, también drogas. Frecuentaba el Callejón de la 15, lugar sobre el cual circulaban insistentes rumores relacionados con puntos de venta de sustancias ilícitas.
Según el Índice Global de Delincuencia Organizada, República Dominicana figura como uno de los principales centros de tránsito de cocaína en el Caribe hacia América del Norte y Europa.
Informes de la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) también destacan la importancia de la región Sur como ruta marítima para el tráfico de estupefacientes, con importantes decomisos registrados en Barahona, Baní y Pedernales.
Diversos sectores sostienen que parte de esas drogas permanece en las comunidades, alimentando el consumo y el microtráfico.
El tráfico por especie
Se ha señalado que una parte de los cargamentos que ingresan por el Sur se paga “en especie”, es decir, con la propia droga, la cual posteriormente es comercializada en territorio dominicano.
Esta realidad ha impactado negativamente a numerosos municipios de la región, afectando especialmente a los jóvenes y limitando el desarrollo social de comunidades que antes destacaban por sus aportes al deporte, la cultura, la música y otras áreas.
Ni Pión se escapó
Se cuenta que Pión terminó atrapado por el alcohol y las drogas, consumido por la miseria, la pérdida de su familia y el sentimiento de traición.
Quizás encontró en el Callejón de la 15 un refugio que terminó convirtiéndose en su condena.
Un día, ya completamente perturbado, salió corriendo por el pueblo empuñando un machete y gritando que venían “los helicópteros de Migración”.
No existía ningún helicóptero.
Solo estaban en su mente, profundamente afectada por el deterioro provocado por las drogas.
—Ese pobre hombre se volvió loco —comentaban los lugareños.
Desde aquel día nunca más se volvió a saber de él.
El autor es periodista.

