Por: Frank Hernández
"La verdad es que el alma misma de la educación es el deseo de educarse."
El respeto es la base: el estudiante debe respetar al docente, y el docente debe respetar al estudiante. La educación en la República Dominicana ha transitado por etapas marcadas por fragmentaciones que han condicionado su desarrollo. Sin embargo, hubo un momento en que una sola figura, con la fuerza de sus ideas y su convicción cívica, puso en marcha una transformación profunda.
Cuando Eugenio María de Hostos llegó nuevamente al país en 1879, la República atravesaba profundas dificultades políticas, económicas y sociales, pero también comenzaba a abrirse paso una corriente de renovación nacional. El educador, filósofo, sociólogo y patriota puertorriqueño comprendió que ninguna transformación duradera podía lograrse sin transformar primero la educación.
Hostos no vino simplemente a impartir clases. Llegó convencido de que era necesario cambiar la manera de enseñar, formar nuevos maestros y convertir la escuela en un instrumento para desarrollar la razón, la moral, la ciudadanía y el progreso de la nación. Su llegada coincidió con el ascenso del general Gregorio Luperón, quien encabezó el Gobierno Provisional de 1879. Entre ambos surgió una alianza decisiva: Luperón encontró en Hostos al intelectual capaz de organizar la reforma educativa que el país necesitaba con urgencia.

La ley que abrió el camino
Uno de los hitos fundamentales fue la aprobación de la Ley núm. 1776, para el establecimiento de Escuelas Normales, aprobada por el Congreso Nacional en mayo de 1879 y promulgada por el presidente Cesáreo Guillermo el 28 de mayo de ese año. Esta legislación creó las bases para formar maestros de manera sistemática. El aporte de Hostos fue convertir aquella disposición legal en una verdadera revolución pedagógica.
Cuando Luperón consolidó su gobierno, se crearon las condiciones para poner en marcha el proyecto. En febrero de 1880 comenzó a funcionar en Santo Domingo la Escuela Normal de Varones, dirigida por el propio Hostos, instalada en la calle de los Mártires —hoy calle Padre Billini, esquina con la avenida Duarte—. Hostos recordaría que la escuela se inauguró sin grandes ceremonias: simplemente se abrieron las puertas y se empezó a trabajar. Detrás de esa aparente sencillez había una concepción educativa completamente nueva para la sociedad dominicana.
La educación como instrumento de transformación nacional
Hostos rechazó la enseñanza basada en la repetición y la memorización mecánica. Su propuesta colocó la razón, la observación, la ciencia y la formación moral en el centro del proceso educativo. Para él, educar no era solo transmitir conocimientos: era formar seres humanos capaces de razonar, actuar con responsabilidad y construir una sociedad libre. Defendió una pedagogía científica y racional, influida por el pensamiento positivista de su época, pero orientada siempre hacia una finalidad moral y ciudadana.
La reforma hostosiana introdujo en la enseñanza dominicana una concepción moderna de las ciencias y de los métodos pedagógicos. La observación, la investigación y el razonamiento pasaron a ocupar el lugar que antes correspondía casi exclusivamente a la memorización.
El impulso de Luperón y la primera generación de maestros
Durante el Gobierno Provisional de Gregorio Luperón, la reforma contó con un respaldo político decisivo. La ley establecía un cupo máximo de 40 estudiantes para la Escuela Normal; tras los exámenes de admisión se inscribieron 58, aunque finalmente permanecieron los 40 previstos por la norma. Aquella primera generación dio origen a una nueva clase de educadores.
El 28 de septiembre de 1884 tuvo lugar la primera graduación de maestros normalistas. Los primeros seis egresados fueron Félix Evaristo Mejía, Arturo Grullón, Francisco José Peynado, Lucas T. Gibbes, José María Alejandro Pichardo y uno más que completaba la promoción. Con ellos comenzó a formarse el nuevo cuerpo docente del país.
La continuidad bajo el gobierno de Meriño
La llegada de Fernando Arturo de Meriño a la Presidencia no interrumpió el proyecto educativo. Por el contrario, mediante resolución del 13 de noviembre de 1880, el gobierno dispuso la instalación de la Escuela Normal de Santiago de los Caballeros, que abrió sus puertas en enero de 1881. Hostos elaboró entonces sus famosas Instrucciones a los Directores y Adjuntos de la Normal de Santiago y de varias escuelas superiores del país, un documento que buscaba extender y uniformar los nuevos métodos pedagógicos fuera de la capital.
La Ley General de Estudios de 1884
El 29 de agosto de 1884 el Congreso promulgó la Ley General de Estudios, considerada uno de los instrumentos jurídicos más importantes del sistema educativo dominicano. Esta norma buscó organizar y armonizar toda la legislación educativa existente, integrando los distintos niveles y tipos de establecimientos. Su aprobación demostró que la obra de Hostos no se limitaba a una escuela: formaba parte de un proceso de construcción institucional de largo alcance.
El Instituto Profesional y la educación superior
Hostos también contribuyó decisivamente al desarrollo del Instituto Profesional de Santo Domingo, donde impartió Derecho Constitucional, Derecho Internacional y, posteriormente, Economía Política y Sociología —cuyas lecciones darían base a su Tratado de Sociología—. Su visión era clara: la República necesitaba, además de maestros, profesionales capaces de servir al Estado y al desarrollo nacional. El Instituto ofrecía estudios superiores en Derecho, Medicina, Farmacia e Ingeniería, entre otras áreas.
La apertura a la educación de la mujer
La reforma tuvo también un impacto profundo en la educación femenina. En 1881 surgió el Instituto de Señoritas, dirigido por Salomé Ureña de Henríquez, quien se convirtió en una de las principales continuadoras del pensamiento educativo de la época. En 1887 se graduaron las primeras maestras normalistas: Leonor María Feltz, Luisa Ozama Pellerano, Mercedes Laura Aguiar, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez Perdomo y Carolina Pou. Su egreso marcó la incorporación sistemática de la mujer dominicana a la formación profesional del magisterio.
La obra sobrevivió a los cambios políticos
Hostos permaneció en el país hasta 1888, cuando el cambio de clima político bajo el gobierno de Ulises Heureaux (Lilis) lo llevó a partir hacia Chile. Es importante señalar que la Ley General de Estudios de 1884 fue anterior al período de plenitud del gobierno de Heureaux; una segunda Ley General de Estudios se dictó el 22 de febrero de 1889, ya tras su partida, lo que demuestra que las bases institucionales que él ayudó a crear continuaron vigentes. Su obra no desapareció con su marcha: sus discípulos, sus métodos y su visión siguieron transformando la educación dominicana.
El legado que perdura
El mayor aporte de Hostos no se mide por el número de escuelas fundadas ni de maestros graduados, sino por haber cambiado la concepción misma de la educación dominicana. Antes de él, la enseñanza tenía límites institucionales y metodológicos muy marcados; después de su paso, comenzó a consolidarse una visión basada en la formación docente, la enseñanza científica, el pensamiento crítico y la formación ciudadana.
Su legado se extiende a generaciones enteras: discípulos como Félix Evaristo Mejía, Francisco Henríquez y Carvajal y Arturo Grullón marcaron la cultura nacional; Salomé Ureña, desde el Instituto de Señoritas, abrió caminos a la mujer dominicana.
La huella que permanece
La historia de Eugenio María de Hostos en la República Dominicana es la historia de una revolución silenciosa: no fue de armas, sino de aulas. Llegó en 1879, encontró el marco legal que le permitió actuar y el aliado político necesario en Gregorio Luperón, y en menos de una década transformó para siempre la idea misma de educación en el país.
La Ley de Escuelas Normales de 1879, la Escuela Normal de 1880, la Ley General de Estudios de 1884, el Instituto Profesional y el Instituto de Señoritas forman juntos el legado de una obra que aspiraba a formar ciudadanos capaces de pensar, razonar y transformar su propia sociedad.
Hostos no solo enseñó a leer y escribir: enseñó a pensar la República. Y esa es quizá su mayor herencia: la convicción de que una nación verdaderamente libre no se construye solo con leyes o gobiernos, sino formando hombres y mujeres capaces de comprender, defender y transformar su patria mediante la educación.

