Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A lo largo de la historia posterior a la Segunda Guerra Mundial, pocas lecciones son tan claras —y tan sistemáticamente ignoradas— como esta: las demagogias autoritarias, tanto de izquierda como de derecha, terminan devorando a las naciones que dicen salvar. Lo demuestra Europa, lo demuestra América Latina y lo demuestra, con especial nitidez moral, la trayectoria de Sandro Pertini: un hombre que fue guerrero en la guerra, resistente contra el fascismo, y sin embargo enemigo absoluto de toda tiranía, viniera envuelta en banderas rojas o en discursos de orden y seguridad.
El paralelismo con América Latina es inevitable. Tras 1945, mientras Europa occidental se reconstruía sobre bases democráticas —no sin conflictos, errores y traumas—, gran parte de nuestro continente quedó atrapado en una dialéctica perversa: dictaduras militares de derecha justificadas por el anticomunismo, y regímenes autoritarios de izquierda legitimados por la retórica revolucionaria. En ambos casos, el resultado fue el mismo: concentración de poder, supresión de libertades, corrupción estructural y sociedades empobrecidas moral y materialmente.
La República Dominicana, después de 1961, vivió en carne propia esa tensión. Tras el ajusticiamiento de Trujillo, el país osciló entre la esperanza democrática y el abismo del caos. La guerra de 1965, la intervención extranjera, la represión posterior y la lenta construcción institucional hasta 1996 reflejan una verdad incómoda: la democracia no nace pura ni se consolida sin dolor, pero es infinitamente preferible a la anarquía armada o al autoritarismo “salvador”.
Cuba tomó otro camino. La revolución que prometía dignidad y justicia social derivó en un régimen de partido único, donde la épica guerrillera sustituyó al pluralismo y la obediencia ideológica reemplazó a la ciudadanía. Pertini, socialista convencido y combatiente antifascista, jamás habría aceptado que la lucha contra una dictadura justificara la instauración de otra.
Argentina, especialmente en su coyuntura actual, muestra otro rostro del mismo problema: la demagogia como sustituto de la política responsable. Cuando el discurso se impone como dogma y el adversario es tratado como enemigo moral, la república entra en zona de riesgo.
Nicaragua y Venezuela representan la cristalización del autoritarismo de izquierda en el siglo XXI. Revoluciones que nacieron invocando al pueblo terminaron secuestrándolo; gobiernos que hablaban en nombre de los pobres produjeron pobreza estructural; liderazgos que denunciaban al imperialismo terminaron creando Estados policiales.
El Salvador actual introduce una variante inquietante: la demagogia del orden. En nombre de la seguridad se concentran poderes y se relativizan garantías constitucionales. Pertini fue tajante: el orden que destruye el derecho deja de ser orden y se convierte en tiranía.
Sandro Pertini fue un hombre de acción en tiempos extremos, pero un demócrata inflexible cuando la democracia era frágil. Rechazó el terrorismo rojo y negro, defendió la Constitución como escudo del ciudadano común y se negó a convertir el miedo en programa de gobierno.
Italia, como América Latina, estuvo repetidas veces al borde de la explosión. Piazza Fontana en 1969 fue una advertencia brutal. Pero Italia sobrevivió porque figuras como Pertini recordaron que no hay causa justa que excuse la supresión de la libertad.
La lección es clara: la democracia no se defiende con consignas, sino con límites. Límites al poder, al líder, a la violencia y a la mentira. Rechazar las demagogias autoritarias de izquierda y de derecha no es neutralidad cobarde; es una posición moral exigente.
Ese fue el camino de Sandro Pertini. Y sigue siendo hoy el camino más difícil… y el único que vale la pena recorrer.

