De pasajeros y sillas de ruedas

Fecha de publicación

Por Juan Cruz Triffolio

Llama poderosamente la atención la peculiaridad que, en sentido general, caracteriza a los dominicanos que utilizan el transporte aéreo para desplazarse al exterior.

Sin importar el costo establecido, insisten en utilizar bultos y maletas de considerable dimensión sin aparentemente tomar en consideración el tiempo de la estadía y el espacio interior asignado al momento del abordaje.

A todas las molestias generadas, tanto a la tripulación de nave aérea como a los acompañantes en la travesía, se agrega el comportamiento de frecuentemente solicitar la asignación gratuita de sillas de ruedas hasta llegar a corta distancia del asiento asignado.

Como resultado de tal exigencia es frecuente observar una realidad que, además de lucir deprimente, proyecta un ambiente desgarrador que en ocasiones raya, paradójicamente, con lo insólito.

Al margen de que existen pasajeros que por razones de edad o problemas reales de locomoción requieren del referido recurso de movilidad, lo cierto es que, un considerable número de viajeros, tiende a asumir un cuestionable comodísimo y adopta una pose de haraganería sin advertir sus consecuencias en lo concerniente a pérdida de tiempo, además de protagonizar insoportables necedades.

Siendo así, las filas de los usuarios de sillas de ruedas parecen ser interminables y sin exageración alguna, llaman a evocar estampas de afectados por conflictos bélicos, quienes se desplazan con diversas limitaciones físico motoras a un territorio más seguro y vivible.

El relato lo hacemos a propósito de una curiosa y risible estampa recientemente percibida, tanto en el imponente aeropuerto John F. Kennedy como en la ampliada y modernizada terminal de Las Américas, en la capital dominicana.

En el caso del gigantesco centro aeroportuario neoyorquino, tal como ya se había advertido en el aeropuerto dominicano, un conjunto de pasajeros utilizaba con una parsimonia y disciplina admirable sus sillas de ruedas para llegar su destino, pero, sorpresivamente, tan pronto como arribaron al terruño deseado, aquellos que originalmente se les vio imposibilitados para caminar o correr, parecían superar a Félix Sánchez, moviéndose y trotando rápidamente.

A todo lo anterior se agrega la novedad de tener que contemplar a una cantidad considerable de los usuarios del referido subterfugio de locomoción al ser recibidos por sus familiares o allegados con cerveza vestida de novia o un animoso trago de ron, sin dejar algunos de poner de manifiesto la alegría que le genera bailar una trágico melancólica bachata o un cadencioso merengue.

Todo lo curiosamente observado es una especie de reiteración de la veracidad de aquella máxima que con frecuencia acentuaba una exitosa, exquisita y talentosa productora de televisión quien se arriesgaba a afirmar que los dominicanos “somos así y así, somos…”

Se trata de una verdad de Perogrullo no importa que, en el caso expuesto, parece que hemos alcanzado el galardón de ser “pasajeros que, a nivel mundial, más utilizamos sillas de ruedas, sin obligatoriamente necesitarlas”, al momento de abordar un avión.

Atendiendo a tal realidad, es probable que tan pronto como las líneas áreas comiencen a cobrar por ese servicio, el comportamiento de muchos usuarios termine siendo diferente y por tanto, el reconocimiento pase a ser cosa del pasado.

¡¡Qué originalidad…!!

Sociólogo – Comunicador Dominicano

Triffolio@gmail.com

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