Por: María Beatriz Muñoz Ruiz
Palabras que no pronuncia el viento,
susurros de versos que se leen eternos.
Tus labios recitan tormenta y fuego,
mis letras lloran con el amor al tiempo.
Pretenciosos, creéis conocernos.
Pero la flor que mira al sol
y crece en silencio
puede ser un prohibido amor
cuyo calor derrite mi tormento.
El andar sin rumbo por tu aliento
puede significar que deseo otro mundo,
ser invisible… dejar el presente,
ese segundo siniestro
que cierre su sombra
sobre el romanticismo lento.
Sí, desnudamos nuestra alma
con cada verso.
El dolor lo convertimos en poemas,
baladas de caricias y dilemas,
secretos de sombra
leídos bajo el falso candil de la certeza.
¿Una mariposa que vuela?
Un alma que se va
sin asegurar que vuelva.
¿El rocío de la mañana?
Lágrimas que nunca serán vistas
ni preguntadas.
¿Una flor sobre tu lápida?
Desterrado de mi corazón,
olvidado adonde quiera que vaya.
Nunca aseguréis conocer a un poeta.
Versos del barro creados,
ligeros vuelan hacia el cielo regalados.
Música que riega con su melancolía
los verdes prados.
Oscuridad sin miedo,
miel que endulza
la luz del sendero
y cura las heridas
de aquel que anda sin olvidar,
y recuerda el camino que nos ha de llevar
sin sucumbir a la tentación de mirar atrás.
Somos poetas:
creadores de magia y de tormentas.
Somos poetas;
no tenemos que confesar nuestra tristeza.
No deseamos que se nos comprenda;
somos poetas.
Nuestra esencia no os debe pureza,
simplemente, saboread cada palabra
y hacedla vuestra.
No dejéis que muera
la rosa eterna
que cada alma encierra
con su propia condena.

