Por: Eusebio Florentino Figuereo Paniagua
A casi todo el mundo le gusta la idea de «ser cabeza», mandar y ser la luz que alumbra el camino. Pero, miren, ponerse ese sombrero pesa bastante. El que va al frente marca la pauta, y del rumbo que tome depende cómo se siente la gente, su tranquilidad y hasta hacia dónde van a parar.
Igualito que la cabeza gobierna al cuerpo, la marcha de un grupo o de un negocio depende de la capacidad, los principios, la nobleza y la hombría de bien de quien va al frente. El cuerpo responde según lo que la cabeza le ordena. Por eso, no cualquiera tiene la madera ni la vocación para ese puesto. Ser cabeza exige ponerse en los zapatos del otro: entender sus sacrificios, el tiempo que entrega, sus necesidades y los aprietos que pasa por dar la cara y defender el buen nombre del equipo dondequiera que se pare.
Para saber mandar, primero hay que aprender a obedecer. Eso lo aprendemos desde muchachos en la casa, respetando a los viejos, y en lo espiritual, atendiendo las cosas de Dios. En el día a día también respetamos la ley; el que se comadrea un semáforo en rojo o se pasa una señal de tránsito termina provocando un accidente que le pesa a todo el mundo. Del mismo modo, el que dirige tiene que estar sujeto a reglas claras, al respeto y a hacer las cosas bien hechas.
El líder de verdad es justo y de buen trato. Se echa el pleito al hombro junto a los suyos, en las buenas y en las malas. Si un muchacho comete un fallo, no se trata de aplastarlo ni de señalarlo con el dedo, sino de llamarlo a un lado, enseñarle el camino y ver en qué se falló al no darle la formación o las herramientas necesarias. Pero cuando alguien se desvive y hace un esfuerzo extraordinario, hay que dársela, reconocerlo y compensarlo como Dios manda. Eso es lo que motiva a la gente a ponerse la camiseta y a remar todos para el mismo lado.
Llevar la batuta exige un balance constante: hay que tener humildad, paciencia y buen trato, pero también firmeza y disciplina. La cabeza siente todo lo que le pasa al cuerpo: si al cuerpo le duele un pie o se da un tropezón, la cabeza siente el puyazo; y si el cuerpo triunfa, la cabeza se alegra.
Por eso, el que dirige no puede desentenderse de lo fundamental: analizar bien las cosas, planificar el rumbo y tomar las decisiones difíciles. El trabajo duro se reparte entre todos, pero la responsabilidad de hacia dónde vamos no se le puede pasar a más nadie.
En fin, ser «cabeza» no es creerse jefe ni abusar del poder; es ser un guía con cabeza fría y corazón caliente. Es ser un líder servidor: cuidar la paz, la salud, la familia y el sustento de la gente que camina con uno, sabiendo que nadie manda solo en este mundo y que, para dirigir con respeto, primero hay que saber respetar.

