Por Hugo Vélez Astacio
El recién pasado 15 de septiembre, pero del año 1842, en San José, Costa Rica, el entonces gobernador dictador Bruno Carrillo mandó a fusilar, sin juicio alguno, a la figura descollante y singular que ha existido en América Central, como lo era el general FRANCISCO MORAZÁN QUEZADA, de quien el célebre personaje don Antonio Grimaldi había expresado en su reconocimiento lo siguiente: “Si hay algún grande en América Central, en este siglo (XIX), ese es Francisco Morazán”.
Y es que su significante vida e inquietudes en pro del unionismo y federación centroamericana, de la que le habían honrado brindara como presidente, potenciando el porvenir de los países, vía civilmente, por encima de los honores militares que triunfalmente había obtenido en múltiples batallas.
Su compromiso era potenciar colectivamente su actitud de honorabilidad, probidad y patriotismo.
Su fusilamiento fue una justicia aberrante, ultrajada bajo ideología liberal, que a continuación la festejaron los ticos, junto con Nicaragua, riéndose a carcajadas, a pesar —y esto irónicamente— de él haber regresado desde Perú, donde plácidamente en paz se encontraba, con el motivo de brindar su espada y voluntad cívica y de progreso.
Su espíritu era de revolucionario en pro del sentimiento unionista centroamericanista.
Al morir, junto a su amigo Vicente Villaseñor, que igualmente sería fusilado, exclamó:
“LA HISTORIA NOS HARÁ JUSTICIA”.

