Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La República Dominicana aparece entre las economías cuyo producto interno bruto real por habitante aumentó con mayor rapidez durante los últimos treinta y cinco años.
Es una noticia importante, merecedora de reconocimiento, pero también de una lectura cuidadosa que vaya más allá de la celebración estadística.
Una clasificación publicada el 17 de septiembre de 2026 por Visual Capitalist, elaborada por Dorothy Neufeld con datos del Banco Mundial, sitúa al país en el puesto número 21 entre 176 economías.
Entre 1990 y 2025, el PIB real dominicano por habitante, ajustado por paridad del poder adquisitivo, pasó de aproximadamente 7,300 a 24,500 dólares internacionales constantes de 2021. El incremento acumulado fue de 235 por ciento.
La expansión dominicana supera ampliamente el promedio mundial, que fue de 94 por ciento durante el mismo período.
También fue proporcionalmente muy superior al aumento de Estados Unidos, colocado en el puesto 88 con 73 por ciento, aunque el nivel norteamericano continúa siendo mucho más alto: 76,900 dólares por habitante.
La República Dominicana quedó inmediatamente después de Armenia, que creció 245 por ciento, y por delante de Mauricio y Sri Lanka, ambos con 220 por ciento; Indonesia, con 210 por ciento, y Turquía, con 206 por ciento. Panamá, otra economía latinoamericana muy vinculada a los servicios, ocupó el puesto 17, con 266 por ciento.
La primera posición correspondió a Guyana, cuyo PIB real por habitante creció 1,549 por ciento, impulsado sobre todo por el petróleo descubierto frente a sus costas y explotado desde 2019.
China quedó segunda, con 1,404 por ciento, pero su caso tiene una dimensión incomparable: ese crecimiento se produjo sobre una población gigantesca y estuvo acompañado por una industrialización que sacó a cientos de millones de personas de la pobreza extrema.

Son fenómenos distintos.
Guyana representa una transformación reciente basada en recursos naturales; China, Vietnam, Corea del Sur, India y Bangladesh reflejan la gran expansión industrial y comercial asiática; Irlanda combina inversión extranjera y una contabilidad nacional fuertemente influida por las multinacionales.
La República Dominicana ha avanzado mediante una combinación propia: turismo, zonas francas, construcción, comercio, telecomunicaciones, servicios financieros, remesas e inversión extranjera.
El dato dominicano confirma que la economía de 2025 era más de tres veces mayor por habitante, en términos reales, que la de 1990. En ese período el país sufrió crisis bancarias, inflación, devaluaciones, huracanes, la pandemia y conmociones internacionales. Haber mantenido una trayectoria prolongada de expansión demuestra capacidad productiva, estabilidad macroeconómica y una notable aptitud para recuperarse de las crisis.
Pero es necesario explicar lo que la cifra no significa.
Los 24,500 dólares no constituyen el salario promedio de cada dominicano ni una cantidad que el ciudadano reciba anualmente.
El PIB por habitante divide el valor total de la producción entre la población.
La paridad del poder adquisitivo, por su parte, corrige las diferencias de precios para permitir comparaciones entre países. Es una medida útil del tamaño y evolución de la economía, no una radiografía completa de la vida familiar.
Un promedio puede aumentar mientras una parte considerable de la población continúa recibiendo salarios bajos, viviendo en condiciones precarias o enfrentando deficiencias en agua potable, electricidad, transporte, vivienda, educación, hospitales y seguridad social.
Tampoco revela cuánto de la riqueza se concentra en determinados sectores económicos, grupos sociales o territorios.
Por eso el gran desafío nacional ya no consiste solamente en crecer.
Consiste en transformar ese crecimiento en desarrollo humano, instituciones eficientes, servicios públicos dignos y oportunidades reales.
El progreso debe sentirse en la mesa, el salario, la escuela, el hospital y el barrio.
La posición número 21 es motivo legítimo de satisfacción.
No todos los países latinoamericanos pueden presentar una expansión semejante durante tres décadas y media.
Pero el dato debe servir menos para la propaganda y más para formular una pregunta: si la riqueza por habitante se multiplicó por más de tres desde 1990, ¿por qué tantos dominicanos todavía no perciben una transformación equivalente en su vida cotidiana?
La respuesta determinará la próxima etapa de nuestro desarrollo.
La República Dominicana ya demostró que puede producir más riqueza.
Ahora debe demostrar que sabe distribuir mejor sus frutos, elevar la productividad, mejorar los salarios y convertir el crecimiento económico en bienestar compartido.
Fuentes: Visual Capitalist, clasificación de crecimiento del PIB real por habitante, 1990–2025; Banco Mundial, indicador de PIB por habitante en paridad del poder adquisitivo.

