Por Dr. Carlos Díaz “Picasso”
Las políticas sociales constituyen una de las expresiones más humanas del Estado. Cuando una institución pública identifica a un niño vulnerable, una familia sin vivienda o una persona atravesando una tragedia y acude en su auxilio, cumple una función que merece reconocimiento.
Por eso no cuestionamos que la Alcaldía de Santo Domingo Este destine recursos para asistir a personas necesitadas. Cuestionamos algo diferente: la personalización de esa asistencia alrededor de la figura de su alcalde, Dío Astacio.
En distintas ocasiones hemos observado cómo el alcalde utiliza una relación familiar simbólica para referirse a personas beneficiadas por estas intervenciones: son presentadas como sus “sobrinos”.
Este 1 de septiembre, durante una participación relacionada con una niña que sufrió quemaduras, nuevamente apareció la figura y se anunció al “sobrino número 33”.
Y el número importa.
Porque cuando llegamos al sobrino 33 ya resulta difícil interpretar la expresión simplemente como una manifestación espontánea de cariño. Estamos frente a una práctica comunicacional que merece ser examinada.
Una política pública no tiene tíos
La Alcaldía de Santo Domingo Este desarrolla programas sociales dirigidos precisamente a familias vulnerables. Existen casos documentados de construcción de viviendas y otras intervenciones coordinadas por diferentes direcciones municipales, incluyendo la Dirección de Asistencia Social y Alimentación Comunitaria (DASAC). En una entrega realizada este año, la propia información publicada identificó la actuación como parte de un programa de la Alcaldía dirigido a familias en situación de vulnerabilidad.
Ahí está la diferencia fundamental.
Si Dío Astacio, como ciudadano particular, utiliza su dinero para ayudar a una familia y posteriormente establece con ella una relación afectiva, estamos ante una decisión privada.
Pero si intervienen presupuesto, funcionarios, departamentos, vehículos, programas o cualquier otro recurso de la Alcaldía, la ayuda deja de ser de Dío para convertirse en una acción del Ayuntamiento de Santo Domingo Este.
El beneficiario no le debe el favor al alcalde.
Mucho menos debe incorporarse simbólicamente a su familia.
Es un ciudadano atendido por una institución sostenida, entre otras fuentes, con recursos públicos.
El peligro del benefactor
Aquí encontramos un viejo problema de nuestra cultura política: confundir al funcionario con el Estado.
El presidente inaugura una escuela y decimos que él la construyó.
El alcalde entrega una vivienda y parece que él la regaló.
El funcionario entrega alimentos y aparece como benefactor.
Gradualmente desaparece la institución y emerge el individuo.
Eso es terreno fértil para el populismo y el paternalismo político, porque transforma derechos, programas y responsabilidades institucionales en una relación emocional entre quien da y quien recibe.
El ciudadano deja de percibir al Estado como garante y comienza a identificar al político como protector.
Y esto no es nuevo.
Trujillo también comprendió el poder de crear familia
Rafael Leónidas Trujillo utilizó extensamente el compadrazgo.
Investigaciones históricas describen bautizos colectivos en los cuales Trujillo se convertía en padrino de cientos de niños, creando así un vínculo simbólico con familias que ni siquiera conocía personalmente. Un estudio académico de la Universidad de Costa Rica analiza precisamente cómo ese compadrazgo contribuía a establecer relaciones de lealtad alrededor del dictador.
El historiador Vetilio Alfau Durán señaló que los ahijados de Trujillo podían “contarse por miles” y explicó la enorme importancia que históricamente tenía en la sociedad dominicana la relación entre padrino, ahijado y compadre.
Trujillo entendió algo elemental:
convertirse en padrino era entrar simbólicamente en la familia.
Y entrar en la familia significaba establecer un vínculo diferente al existente entre gobernante y ciudadano.
Los 12,620 ahijados de Hitler
La Alemania nazi ofrece otro antecedente, bajo circunstancias, objetivos y dimensiones completamente diferentes.
Adolf Hitler utilizó la figura de la Ehrenpatenschaft, o padrinazgo honorífico.
No estamos hablando simplemente de que Hitler asistiera ocasionalmente a un bautizo. Existía un procedimiento administrativo mediante el cual determinadas familias numerosas podían solicitar que Hitler se convirtiera en padrino honorífico de uno de sus hijos.
Para finales de septiembre de 1936, una publicación alemana de la época señalaba que Hitler había asumido el padrinazgo honorífico de 12,620 niños y niñas. El sistema establecía requisitos relacionados con el número de hijos y con los perversos criterios raciales, hereditarios y políticos del régimen nazi.
El padrinazgo había adquirido dimensión institucional.
El Führer ya no era solamente Führer.
También era padrino.
No estamos diciendo que Dío Astacio sea Trujillo o Hitler
Conviene detener cualquier manipulación interesada del argumento antes de que aparezca.
No estamos comparando a Dío Astacio con Adolf Hitler ni con Rafael Leónidas Trujillo.
Sería histórica y políticamente absurdo.
Astacio es un alcalde elegido dentro de un sistema democrático. Trujillo encabezó durante décadas una dictadura responsable de persecuciones y asesinatos. Hitler dirigió un régimen totalitario responsable del Holocausto y de una guerra devastadora.
Las diferencias son abismales.
Lo que comparamos es un mecanismo.
Hitler convirtió beneficiarios de un sistema estatal en ahijados honoríficos.
Trujillo convirtió a miles de dominicanos en ahijados y a sus padres en compadres.
Dío Astacio denomina “sobrinos” a personas vinculadas a sus intervenciones sociales.
No son fenómenos equivalentes.
Pero los tres contienen un elemento que merece reflexión: la introducción de una relación familiar simbólica entre quien ejerce el poder y quien recibe una acción vinculada a ese poder.
El sobrino número 33
Precisamente por eso nos preocupa la numeración.
¿Por qué existe un “sobrino número 33”?
¿Por qué no hablamos simplemente del beneficiario número 33 de un programa social?
¿Por qué no conocemos principalmente el nombre institucional del programa, sus objetivos, presupuesto, requisitos y mecanismos de seguimiento?
¿Por qué necesitamos un tío?
Una institución democrática no necesita construir parentescos simbólicos con ciudadanos vulnerables.
Necesita garantizarles derechos.
La vulnerabilidad no debe producir gratitud política
Hay otro elemento todavía más delicado.
Quien recibe estas ayudas generalmente atraviesa circunstancias difíciles. Puede tratarse de pobreza extrema, enfermedad, discapacidad, pérdida de vivienda, abandono o tragedias familiares.
Son personas en una situación de enorme vulnerabilidad.
Precisamente por eso el Estado debe protegerlas evitando que la asistencia genere una deuda emocional hacia el funcionario.
El mensaje debe ser:
“La Alcaldía te está ayudando porque existe una política pública para hacerlo”.
No:
“Dío te está ayudando porque ahora eres uno de sus sobrinos”.
La diferencia parece lingüística.
Es profundamente política.
¿Y cuando Dío se vaya?
Hay una pregunta que desnuda completamente el problema:
¿Qué ocurrirá con el sobrino número 33 cuando Dío Astacio deje de ser alcalde?
¿Quién será entonces su tío?
Si la respuesta depende de Dío, estamos construyendo asistencialismo personal.
Si la respuesta depende de la Alcaldía, entonces nunca necesitó un tío.
Necesitó una institución.
Una política social seria debe disponer de criterios objetivos de selección, presupuesto identificable, seguimiento de los beneficiarios, mecanismos de transparencia y vocación de permanencia.
Debe continuar cuando cambie el alcalde.
Dío Astacio no necesita sobrinos municipales
Reconocemos la acción social.
Que continúe.
Que se amplíe.
Que la Alcaldía llegue al niño número 34, al 100, al 500 y a cuantos realmente necesiten la protección del municipio.
Pero institucionalicemos la solidaridad.
Porque el dinero público no tiene dueño político y la asistencia social no debe tener apellido personal.
Dío Astacio puede dirigir esos programas, defenderlos, conseguir recursos, supervisarlos y sentirse legítimamente satisfecho de sus resultados.
Lo que no debería hacer ningún funcionario es permitir que la institución desaparezca detrás de su figura.
Santo Domingo Este no necesita un alcalde convertido simbólicamente en tío de sus ciudadanos vulnerables.
Necesita una Alcaldía suficientemente fuerte para protegerlos independientemente de quién ocupe el despacho.
Los gobernantes pasan.
Los alcaldes pasan.
Los padrinos pasan.
Los tíos también pasan.
Las instituciones deben permanecer.
Y el verdadero éxito de una política social llegará cuando un niño vulnerable no tenga que convertirse en sobrino, ahijado, protegido ni favorecido de ningún político para recibir del Estado la atención que legítimamente necesita.

