Por: Juan Cruz Triffolio
Sociólogo – Comunicador Dominicano
trifffolio@gmail.com
Hay nombres que no necesitan estatuas porque viven en las aulas.
Patria Mella Del Monte es uno de ellos.

En el Centro Educativo que lleva su denominación, ubicado en Santo Domingo Este, un grupo de estudiantes se sentó hace unos días no a escuchar una clase más, sino a reencontrarse con su propia raíz.
El encuentro fue organizado por la Fundación Dominicana por la Vida, Inc. (FundoVida), esa trinchera comunitaria que lleva años haciendo lo que muchos olvidan: estimular la lectura y enseñar historia contando vidas.
Frente a los alumnos del plantel, como quien abre un libro viejo con respeto, hablamos de la insigne educadora Patria.
No como una efeméride, sino como lo que fue: una mujer extraordinaria que entendió antes que todas que educar era un acto de rebeldía.
Patria Mella Del Monte no fue solo una directora eficiente y recta, gremialista comprometida y regidora eficiente, como dicen los documentos oficiales.
Encarna a una auténtica forjadora de conciencia social en un país donde ser mujer y ser maestra inducía sospechas.
Simboliza una genuina pionera del gremialismo magisterial cuando organizar a los maestros era desafiar al poder, y precursora del feminismo cuando reclamar derechos para la mujer era casi una herejía.
En la convivencia educativa, los estudiantes recibieron un folleto.
No era un panfleto frío.
Era un espejo.
Allí estaban sus reconocimientos, sí, pero también sus noches, sus traslados, su manera inflexible de entender que una escuela no es un edificio, es un compromiso moral.
Recordamos que algunas de sus pertenencias aún se conservan, con pudor y orgullo, en la dirección del centro que hoy lleva su nombre, bajo la vigilancia estricta de un director responsable y un equipo de educadores con una vocación de servicio extraordinaria.
Todo da la sensación de reliquias laicas, con la impresión de ser un recordatorio, testimonio de que la grandeza no siempre hace ruido.
Con palabras llanas, contamos también lo más doloroso y lo más hermoso: que su cuerpo descansa en una tumba sencilla, sin mármoles excesivos, en el Cementerio Nacional de la avenida Máximo Gómez.
Hablamos de una morada eterna modesta, como vivió.
Grande, como lo que dejó.
Porque hay sepulcros que son más elocuentes que muchos mausoleos.
Y entonces ocurrió lo que FundoVida siempre busca: los muchachos preguntaron.
Interrumpieron.
Dudaron y discutieron.
No fueron espectadores.
Pasaron a ser los protagonistas.
Porque cuando se les habla de verdad, los jóvenes responden con interés, autenticidad y certeza.
Al final, hicimos lo que hacía la maestra Patria Mella Del Monte: compartir.
Repartimos ejemplares de la Constitución Dominicana —esa que ella habría querido que cada alumno llevara en el bolsillo y el alma como un catecismo cívico— y que será analizada en un próximo encuentro.
Luego, repartimos unos bizcochitos y disfrutamos de un suculento refrigerio, porque toda jornada del pensamiento debe terminar también en convivencia.
Finalmente, salimos del Centro Educativo Patria Mella con una certeza: mientras exista una escuela que preserve una libreta vieja de su directora, mientras haya una fundación que lleve un folleto a un barrio, y mientras sobresalga un estudiante que pregunte quién fue esa mujer del retrato en la dirección, Patria Mella Del Monte seguirá enseñando.
No ha muerto.
Está dando clases todavía…

