Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Las guerras de Ucrania y Oriente Medio, la rivalidad entre Estados Unidos y China y las dificultades económicas europeas responden a causas distintas, pero sus consecuencias se entrelazan mediante la energía, la tecnología, las rutas comerciales y los mercados financieros.
En conjunto, revelan una transformación del orden internacional que también condiciona el futuro de países como la República Dominicana.
La tesis central es que las grandes potencias compiten por reorganizar el poder mundial, mientras las economías pequeñas y abiertas deben afrontar costos y riesgos sobre los cuales poseen escasa capacidad de decisión.
Estados Unidos procura conservar su predominio estratégico, China ampliar su influencia económica y tecnológica, y Rusia recuperar capacidad de negociación sobre la seguridad europea.
Sus decisiones repercuten mucho más allá de los territorios donde se desarrollan los enfrentamientos.
Ucrania constituye uno de los principales escenarios de esta competencia.
Rusia busca impedir su integración definitiva al sistema de seguridad occidental, mientras Kyiv defiende su soberanía.
Estados Unidos y Europa sostienen militarmente al Gobierno ucraniano, aunque la prolongación de la guerra aumenta las exigencias presupuestarias y energéticas de sus aliados.
En ese contexto adquieren importancia las informaciones sobre posibles entendimientos comerciales entre Washington y Moscú relacionados con el gas ruso.
Aunque no existe un acuerdo confirmado, esas conversaciones plantean interrogantes sobre el futuro energético europeo y sobre la participación de Ucrania en las decisiones que afectan su seguridad.
La conexión con Oriente Medio es inmediata.
Las tensiones alrededor del Estrecho de Ormuz y los enfrentamientos en Yemen, próximos a Bab el-Mandeb, amenazan dos corredores esenciales para el transporte de petróleo y mercancías.
Una interrupción prolongada de esas rutas elevaría los costos del comercio internacional y podría intensificar las presiones inflacionarias.
Europa tendría que financiar simultáneamente su defensa y una factura energética más elevada, mientras los mercados internacionales trasladarían parte de esos costos a países importadores.
Para la República Dominicana, esta transmisión comienza con los combustibles.
El país depende considerablemente de las importaciones de petróleo y derivados.
Un aumento sostenido de sus precios encarece la gasolina, el gasoil, el transporte de mercancías y la generación eléctrica que utiliza combustibles fósiles.
El impacto no termina en las estaciones de servicio. Se extiende a los costos de distribución, la producción agrícola, la industria, los comercios y los presupuestos familiares.
El Gobierno enfrenta entonces una decisión fiscal difícil: permitir que una mayor parte del incremento llegue a los consumidores o destinar recursos públicos a moderarlo mediante subsidios. En ambos casos existe un costo económico.
La electricidad constituye otro punto vulnerable.
Aunque la matriz energética dominicana se ha diversificado, las variaciones internacionales de los combustibles todavía influyen sobre los costos de generación y las necesidades financieras del sistema eléctrico.
Si esos costos aumentan, pueden crecer las transferencias estatales necesarias para contener las tarifas.
Los recursos destinados a cubrir esa diferencia dejan de estar disponibles para otras prioridades presupuestarias.
La seguridad alimentaria también queda expuesta. El encarecimiento del transporte marítimo, los fertilizantes y la energía puede elevar los precios de productos importados y aumentar los gastos de los agricultores dominicanos.
Por tanto, una crisis militar en Oriente Medio puede terminar afectando el precio de los alimentos en Santo Domingo, Santiago o cualquier comunidad rural.
Pero existe una segunda vía de transmisión: la economía estadounidense.
Estados Unidos es el principal socio económico de la República Dominicana y desempeña un papel decisivo en las remesas, el turismo, las exportaciones de zonas francas y la inversión.
Si las tensiones geopolíticas provocan inflación persistente, tasas de interés elevadas o menor crecimiento estadounidense, sus efectos podrían sentirse en el consumo de los hogares dominicanos que reciben remesas, en la demanda de productos exportados y en las decisiones de inversión.
Las remesas ofrecen un importante respaldo al consumo interno, pero dependen de los ingresos y las condiciones laborales de quienes las envían.
Una desaceleración del empleo en Estados Unidos podría reducir su crecimiento, aunque el efecto concreto dependería de los sectores donde trabajan los dominicanos residentes allí.
El turismo presenta una vulnerabilidad semejante. Los costos del combustible de aviación, el ingreso disponible de los viajeros y la confianza de los consumidores influyen sobre las decisiones de viaje.
Una economía internacional menos dinámica podría afectar las reservas hoteleras y los ingresos de divisas.
Las zonas francas, por su parte, enfrentan una situación ambivalente. La rivalidad comercial entre Washington y Beijing puede abrir oportunidades para trasladar determinadas actividades manufactureras hacia países próximos al mercado estadounidense.
La República Dominicana podría aprovechar parte de esa reorganización productiva.
Sin embargo, también enfrentaría riesgos si aumentan las barreras comerciales, se encarecen los insumos asiáticos o disminuye la demanda estadounidense.
Aprovechar esas oportunidades exige electricidad competitiva, infraestructura portuaria eficiente, formación técnica y reglas estables para la inversión.
La competencia entre China y Estados Unidos introduce, además, una dimensión diplomática.
La República Dominicana mantiene relaciones económicas fundamentales con Washington y relaciones diplomáticas y comerciales con Beijing.
Su desafío consiste en preservar esas vinculaciones sin convertir cada decisión económica en una adhesión automática a las rivalidades de las grandes potencias.
A estas presiones se añade la situación haitiana.
La inseguridad y la fragilidad institucional de Haití constituyen un problema regional con consecuencias directas para la frontera, el comercio, la movilidad humana y la planificación de la seguridad dominicana.
Si las principales potencias concentran sus recursos diplomáticos y financieros en Ucrania, Oriente Medio y Asia, la atención internacional disponible para la estabilización haitiana puede verse limitada.
La República Dominicana necesita, por tanto, sostener su seguridad fronteriza y procurar una cooperación internacional efectiva que contribuya a la recuperación institucional de Haití, respetando al mismo tiempo las obligaciones humanitarias y el derecho internacional.
El panorama presenta finalmente un desafío financiero.
Cuando aumentan la incertidumbre mundial y las tasas internacionales, puede encarecerse el financiamiento externo de los Estados.
Para una economía que debe invertir en infraestructura, educación, salud y energía, mayores costos de endeudamiento reducen el margen presupuestario.
La República Dominicana no puede determinar el desenlace de las guerras ni las decisiones de Washington, Moscú o Beijing, pero sí puede fortalecer su capacidad para resistir sus consecuencias.
Diversificar las fuentes energéticas, reducir pérdidas eléctricas, elevar la productividad agrícola, ampliar mercados de exportación y mantener prudencia fiscal son instrumentos para disminuir esa vulnerabilidad.
También resulta indispensable fortalecer la diplomacia económica y la cooperación caribeña, porque muchos de estos riesgos afectan simultáneamente a las pequeñas economías de la región.
La conclusión es que los conflictos contemporáneos no forman una guerra única, pero sí una red de crisis que se condicionan mutuamente.
Ucrania concentra la disputa por la seguridad europea; Oriente Medio expone la fragilidad del abastecimiento energético; Taiwán representa un punto crítico de la competencia tecnológica, y los mercados financieros transmiten sus consecuencias al resto del planeta.
Para la República Dominicana, la cuestión decisiva no es escoger un protagonista en cada confrontación, sino comprender cómo esas rivalidades afectan su estabilidad económica, su seguridad y sus posibilidades de desarrollo.
En un mundo donde las grandes potencias disputan el control de recursos y mercados, la soberanía de los países pequeños depende también de su capacidad para producir, diversificar sus relaciones internacionales y reducir las dependencias que los hacen vulnerables.
La distancia geográfica puede mantenernos alejados de los campos de batalla. No nos protege, sin embargo, de sus consecuencias económicas y estratégicas.
Nuestra respuesta debe ser convertir esa vulnerabilidad en una política consciente de seguridad económica, autonomía diplomática y desarrollo nacional.

