Más de 2,000 obras públicas, miles de kilómetros de vías asfaltadas, cientos de proyectos comunitarios y una extensa inversión en infraestructura que merece mayor reconocimiento y una mejor comunicación institucional.
Por: Jorge Lendeborg Sr.
Hay algo paradójico en el reciente debate sobre las obras construidas durante el gobierno del presidente Luis Abinader: que sea el propio mandatario quien tenga que salir a enumerar y defender las realizaciones de su administración.
No pretendo comparar sus seis años de gestión con los veinte años de gobiernos del PLD, ni desconocer las importantes obras construidas por Leonel Fernández y Danilo Medina. Todas forman parte del patrimonio nacional. Pero reconocer las administraciones anteriores no significa ignorar lo que se ha construido en la actual.
Y las cifras merecen atención.
Más de 2,000 obras públicas, una inversión en infraestructura superior a los RD$750,000 millones, más de 5,800 kilómetros de vías asfaltadas, alrededor de 600 obras viales y más de un centenar de puentes intervenidos.
A esto se suman más de 400 obras construidas e inauguradas por la Comisión Presidencial de Apoyo al Desarrollo Provincial: canchas deportivas, destacamentos policiales, centros comunitarios, parques, puentes y otras infraestructuras que han llegado directamente a barrios y comunidades. Obras que quizás no generan titulares nacionales, pero que representan una transformación real para quienes las utilizan.
Ahí están también las circunvalaciones de Baní y Azua, la ampliación y rehabilitación de carreteras, el Teleférico de Los Alcarrizos, el Teleférico de Santiago, la extensión de la Línea 2C del Metro de Santo Domingo y las intervenciones urbanas de Santiago, incluyendo el soterramiento del cableado en su Centro Histórico.
En agua potable y saneamiento, el inventario incluye 43 sistemas de abastecimiento, 13 sistemas de tratamiento de aguas residuales y más de 2,479 kilómetros de tuberías. Solamente en el Gran Santo Domingo, más de 200 barrios han sido incorporados a redes formales de distribución de agua. A esto se suman la recuperación de cañadas y los proyectos de saneamiento en distintas comunidades.
En salud y educación, las intervenciones abarcan más de 75 hospitales, alrededor de 600 centros de atención primaria y más de 5,200 aulas incorporadas al sistema educativo. En deportes, más de un millar de instalaciones han sido construidas o rehabilitadas.
Y en el ámbito social, 24,243 viviendas entregadas mediante los programas habitacionales, más de 64,000 hogares mejorados y 173,540 títulos de propiedad otorgados, con otros 156,755 en proceso de regularización.
Detrás de esas cifras hay familias que hoy cuentan con una vivienda, comunidades con mejores calles, jóvenes con instalaciones deportivas y hogares que disponen de mayor seguridad sobre sus propiedades.
Naturalmente, todavía existen necesidades insatisfechas. Reconocer las obras construidas no significa ignorar los problemas pendientes ni renunciar a exigir calidad, transparencia y resultados.
Pero aquí surge la verdadera pregunta: ¿cómo es posible que un gobierno con semejante inventario de realizaciones no haya desarrollado una estrategia de comunicación capaz de mostrarlo de manera clara y permanente?
Que el Gobierno central no haya logrado comunicar eficazmente la magnitud de estas inversiones, hasta el punto de que el propio presidente deba convertirse en su principal vocero, no significa que las obras no existan.
Todo lo contrario. Están ahí, a la vista de quienes las utilizan y para el registro de la historia.
La oposición tiene derecho a cuestionar, fiscalizar y defender su propio legado. Esa es su responsabilidad democrática. Pero las obras públicas no desaparecen porque sus adversarios políticos no las reconozcan.
Tampoco necesitamos enfrentar los logros de una administración con los de otra. El progreso de la República Dominicana es una construcción colectiva, a la que cada gobierno debe aportar.
Al final, los discursos pasan, las campañas terminan y los gobiernos cambian. Las carreteras, los puentes, los hospitales, los acueductos y las viviendas permanecen, siempre que se mantengan y cumplan su propósito.
Y quizás ese sea el mensaje más importante de esta discusión: el verdadero legado de un presidente no está solamente en lo que dice haber hecho, sino en aquello que los ciudadanos pueden ver, utilizar y comprobar.
Las obras están ahí. Y merecen ser conocidas.

