A Janet Elizabeth
Por Ana Anka, escritora
El corazón está en el corazón de quien amamos. Siempre que pienso en mi hermanita, mi corazón salta. ¿Qué será de tu vida y de la mía? Eres siempre mi compañía: alas nuevas, unicornios, abrazos nuevos y cuitas.
Sigo pensando en aquel momento en que mamá salió de la maternidad y me honró con la responsabilidad de buscarte un nombre. Recuerdo con claridad el cuerpecillo que sostuve entre mis brazos, tus frazaditas rosas, el ropón, aquel pelo negrísimo y tus cachetes redonditos.
El encierro nunca es recomendable. Ver la vida pasar desde un balcón, apenas con unos rayitos tibios, es demasiado poco frente al fluir continuo del tiempo. Todo pasa y, al paso, se repara. Ser protagonista de esta única vida nos llama, nos posee y nos aleja cada vez más de ese destino inevitable que es la muerte.
Amar y elegirse a una misma también es un proceso de aprendizaje.
Venimos de una civilización judeocristiana que muchas veces ha exaltado el sacrificio y el dolor. El miedo reina, amenaza la sensualidad y el placer. Casi todo se pospone y, mientras tanto, el cuerpo se oxida y la mente se anquilosa.
Por eso hay que tomar el toro por los cuernos, torear y bailar la vida. Eso nos permite acumular alegrías sanas y recuerdos hermosos en familia.
Pienso en la infancia, en aquella casa llena de risas y peleas entre hermanos. Yo no tenía una hermana y recibir aquella noticia fue una alegría inolvidable. Mamá me pidió que buscara un nombre para ella.
Durante largas temporadas estuve enferma en mi infancia. Fue un dolor de cabeza para mamá y, cuando llegó mi hermanita, su cuidado se volvió casi obsesivo. Recuerdo el frío invierno de Lima, los termos con agua caliente, las bolsas calientes, los biberones y aquella famosa “agua de tiempo” que hervía y dejaba reposar para tomar durante el día. Nunca faltaban las olpadas hechas con cereales y leche Gloria.
Mami hablaba de unos duendecillos que se llevaban a los recién nacidos. Para mí, la cuna terminó convirtiéndose en un lugar de custodia y casi siempre tenía a mi hermanita en brazos.
Aprender a vivir frente a la fragilidad
Siempre nos asalta el temor ante los reveses y las circunstancias que parecen devaluar nuestra existencia. Son momentos de angustia, de vacío, de pelea con uno mismo.
Pero estar consigo misma y atravesar enfermedades y pérdidas también puede conducir a una forma más serena de comprender el fluir de la vida.
Unas pacientes ancianas y una mujer invidente de noventa años me decían que la vida se vive porque la muerte nos está esperando y que solamente con alegría se marcha más rápido. Me sorprendió que aquella mujer incluso me compusiera al vuelo un poema, “En nombre de la rosa”.
La actitud ante la enfermedad y la aceptación de la vejez, con todos sus achaques, también forman parte del aprendizaje de estimarse a una misma.
“Me canto a mí misma”.
¿Qué nos depara la vida? ¿Qué hago con mi vida? ¿Cómo me quiero? ¿Cómo me amo?
No puedo vivir sin mí. No puedo pasar toda la existencia sin hablarme con amor y compasión.
Observo a las chicas en sus sillas de ruedas, a otras con bastones y a la mayoría acercándose al tibio sol. Una de ellas intenta ponerse de pie y me llama.
La convalecencia es larga. Entonces trato de jugar, cantar, hacer morisquetas. Me viene a la memoria aquella canción: “Estás fuera de mi vida”. La canto y regreso al recuerdo de los amores, de la ceguera amante, de “la gota que reventó la copa”.
El amor, los vínculos y la vida compartida
Compartir mundos afectivos con hombres adultos y mayores resulta profundamente nostálgico. Son como libros abiertos.
Entro a la tasca y escucho “Es por ti”, de Juanes. Siempre la canté y hoy, más que nunca, la interpreto: es por ti que vuelvo a hablar de mí y estás a mi lado.
También aparece “Acaríciame”, mientras ellos entonan las clásicas canciones del despecho. Después llegan los de corazón roto al karaoke de rancheras, boleros y canciones de amor. Solo falta el morocho Gardel.
Sigo “a mi manera” y quizá pueda llegar hasta el final o, mejor aún, hasta el principio de nuevas formas de comprender la vida.
En las madrugadas me abrazo a sus ojos y le pido a la luna que brille en los corazones amantes.
Me alegra ver matrimonios de parejas jóvenes y mayores que se dan la oportunidad de disfrutar de estar vivos, con todas las contradicciones que implican acercarse a mundos distintos.
Sin embargo, esa creencia de que el amor romántico todo lo cura puede resultar absurda. El amor no elimina las dificultades ni sustituye el trabajo personal. Es, muchas veces, un proceso de aprendizaje que comienza con un flechazo y continúa al convivir con alguien extraño, diferente a nosotros.
Si no existe otro en nuestra vida, puede aparecer una sensación de incompletud. Es terrible y maravilloso a la vez. Por eso creo que es mejor no privarse del placer de amar.
El mundo que vemos no siempre es el mundo del otro
El mundo externo es una percepción, una abstracción. Todo se interpreta dependiendo de cómo lo vemos.
El mundo del otro no es el mío. No existe necesariamente un mundo que podamos compartir completamente; podemos construir, eso sí, un espacio común y caminar por él.
El mundo externo es el estímulo y el mundo interno es la percepción.
Nadie puede estar completamente seguro de quién es la otra persona. Apenas sabemos cómo la vemos.
Esa mirada sobre las cosas tiene una cuota enorme de relatividad. Interpretamos las situaciones dependiendo de cómo las percibimos. Somos, en cierta medida, esclavos de nuestras propias proyecciones.
Esos niveles perceptivos nos acompañan en los encuentros sociales. Cada quien “arrima al fuego su sardina”. Incluso sin conocer a las personas, podemos sentir rechazo hacia ellas.
Las peleas entre hermanos, los favoritismos y las diferencias familiares también están llenos de interpretaciones. La misma situación puede ser percibida de múltiples maneras.
El peligro del aislamiento
En este mundo de palabras vacías y amores sin vínculos se construye un universo extraño para cada ser humano, herido y muchas veces sin esperanza.
El aislamiento, la soledad y el miedo al amor pueden convertirse en caldo de cultivo para buscar afuera aquello que no encontramos dentro.
Incluso la inteligencia artificial puede terminar ocupando espacios afectivos que antes pertenecían exclusivamente a las relaciones humanas. Existe el riesgo de convertir la tecnología en una nueva forma de dependencia emocional.
El mundo interior parece haberse olvidado. El silencio de la paz interna se convirtió incluso en un negocio, con terapias de fin de semana y fórmulas rápidas de transformación.
Pero cambiar el estilo de vida, desintoxicar el cuerpo y ordenar la mente es un proceso mucho más largo.
Quizás sucede aquello que dice una canción: de tanto ocultar la verdad con mentiras, terminamos olvidándonos de vivir.
Hermanos: testigos de una historia compartida
En la familia, el amor entre hermanas y hermanos constituye un nido y un puente hacia la adultez.
Los hermanos son testigos de nuestra historia infantil. Son nuestra primera experiencia con los pares y, al mismo tiempo, quienes comparten acontecimientos que cada uno puede recordar de manera diferente.
Los hermanos menores no necesariamente recuerdan los mismos hechos ni les atribuyen el mismo significado. Pero compartir una historia vivida puede convertirse en una ventaja —o una desventaja— para nuestra salud psicoemocional.
Quizás por eso, después de tantos años, sigo mirando hacia aquella niña que llegó a nuestra familia y comprendiendo que su presencia cambió mi propia historia.
La vida es eso: encuentros, pérdidas, enfermedades, amores, recuerdos, canciones, contradicciones y nuevas oportunidades para volver a encontrarnos.
En un día, la vida puede cambiar. Pero mientras estemos aquí, todavía podemos elegir cómo vivirla.

